Pisos de un máximo de cinco residentes, habitaciones individuales y vida de barrio para personas con grandes necesidades de apoyo. Es el modelo de Casa Meva, que la Fundació Privada Ilersis aplica desde 2022 en cuatro hogares de Lleida. Hablamos con Marc Prat, responsable del proyecto.
¿Cómo llegó el proyecto Casa Meva a la Fundació Ilersis?
Plena Inclusión impulsó unos programas piloto justo antes de la pandemia. Nos apuntamos, pero todo se paró. Después, Plena Inclusión diseñó a escala estatal el proyecto Mi Casa, que en Cataluña se conoce como Casa Meva, con el objetivo de abrir nuevas oportunidades a personas con discapacidad y grandes necesidades de apoyo. Dincat, que lo coordinaba en Cataluña, nos propuso participar.
¿Qué os llevó a decir que sí?
Nos lanzamos con los ojos vendados, porque no sabíamos a qué nos comprometíamos. Pero sí sabíamos que era un proyecto para transformar los servicios de vivienda y ofrecer oportunidades en la comunidad a personas con grandes necesidades de apoyo. Y eso encajaba mucho con los valores de Ilersis, que siempre ha trabajado con el foco puesto en la atención centrada en la persona.
¿Cómo ha evolucionado el proyecto desde entonces?
El proyecto piloto de Casa Meva comenzó en 2022 en siete comunidades autónomas y finalizó en 2024. En Cataluña, las entidades participantes, con el acompañamiento de Dincat, lo valoramos muy positivamente y llegamos a un acuerdo con la Generalitat para darle continuidad mediante una subvención para los años 2025 y 2026. Durante estos años, hemos estado trabajando para consolidarlo como servicio dentro de la cartera de servicios sociales, y hemos grabado un documental para que sean las propias personas con discapacidad quienes expliquen en primera persona qué es Casa Meva.
¿En qué se diferencia Casa Meva de un hogar residencia tradicional?
Las viviendas de Casa Meva están ubicadas dentro de una comunidad de vecinos, y las personas que viven en ellas participan activamente en la vida del barrio. Además, las unidades de convivencia son de un máximo de cinco personas, con habitaciones individuales. Eso es lo que lo diferencia de un hogar residencia convencional.
¿Qué perfil tienen las personas participantes y cómo se decide quién puede acceder al proyecto?
El 60 % debe tener grandes necesidades de apoyo, es decir, un grado III de dependencia o un grado de discapacidad superior al 75%.
En dos de nuestras viviendas acompañamos a personas en un proceso de desinstitucionalización. Eran personas que llevaban tiempo viviendo en hogares residencia y que querían cambiar de vivienda. Algunas tienen trastornos de conducta o trastorno del espectro autista, y necesitaban un espacio más íntimo, más integrado en la comunidad, más cuidado y con una atención más individualizada. Lo pedían y estaban preparadas para dar el paso.
En las otras dos viviendas, propusimos a personas de Ilersis y a sus familias un proceso de prevención de la institucionalización.
¿Qué significa eso?
Se trata de personas que vivían en su casa y que nos habían manifestado que, a medio o largo plazo, necesitarían apoyo en la vivienda. En lugar de pasar por un hogar residencia con unidades de convivencia de 12 o 24 personas, les ofrecimos una vivienda de Casa Meva.
Como curiosidad, en una de las viviendas, ubicada en el paseo de Ronda, hemos podido dar servicio a cinco personas que ya vivían en el barrio. Tienen grandes necesidades de apoyo, pero como ya conocían el barrio, la farmacia, la panadería, etc., han podido desenvolverse muy bien desde el primer día. Con nuestro apoyo, han podido mantenerse en su entorno natural, pero haciendo una vida independiente de sus familiares.
¿Cómo sabéis si las personas de una unidad de convivencia serán compatibles?
Trabajamos codo con codo con los demás servicios de Ilersis: el servicio de terapia ocupacional, el servicio ocupacional de inserción y el equipo multidisciplinar de apoyo del centro especial de trabajo. Conocemos muy bien a las personas y nos coordinamos con los referentes de su programa individual para valorar si pueden funcionar.
¿Cómo fueron los inicios? ¿Cómo encontrasteis los pisos?
Teníamos un piso de alquiler en el que vivían personas muy autónomas, con un apoyo intermitente, pero que no se ajustaban al perfil del proyecto. Estas personas estaban preparadas para dar un paso más hacia la vida independiente y pasaron a vivir en viviendas con otro tipo de apoyo. En aquel piso acompañamos a personas con grandes necesidades de apoyo en un proceso de desinstitucionalización. Después fuimos abriendo el resto de las viviendas de forma escalonada.
Al principio, buscamos pisos de alquiler, sin dejar de lado el alquiler social a través de la Empresa Municipal de Urbanismo o de la Agència Catalana de l'Habitatge. De los cuatro pisos actuales, uno es de propiedad, dos son de alquiler privado y uno es de alquiler social a través de la EMAU.
Quienes lo han puesto más fácil son las personas con discapacidad; quien lo ha puesto más difícil, la burocracia.
¿Fue fácil poner en marcha las viviendas?
No. Quienes lo han puesto más fácil son las personas con discapacidad; quien lo ha puesto más difícil, la burocracia. El proyecto marca unas condiciones: habitaciones individuales para todos y viviendas practicables, con los baños accesibles: puertas anchas, duchas a ras de suelo, lavabos adaptados, etc.
Teníamos que encontrar una vivienda lo bastante grande, en un edificio con ascensor, y que te dejaran adaptar el baño. El proyecto ya preveía una ayuda para adaptar las viviendas, pero no todos los propietarios lo permiten ni se puede hacer una reforma con un contrato de alquiler de dos años. Eso requiere que todo el mundo esté de acuerdo y tener una visión a más largo plazo, y el proyecto inicialmente era para tres años.
Muchos condicionantes…
Al final, es una decisión de la entidad: apostar por este modelo. Tenemos tres años, pero ¿podrá Ilersis darle continuidad? ¿Cómo lo hacemos para que sea sostenible después del proyecto? Ahí está la clave.
Uno de los principios es que la persona tome decisiones sobre su propia vida, pero, ¿hasta qué punto puede decidir?
Pueden decidirlo todo, siempre que cumplan las normas que todos debemos cumplir en sociedad. En principio, deben poder decidirlo todo. Los profesionales de atención directa estamos para guiarlos sobre lo que es correcto y lo que no. Si quieres comer precocinados cada día, no puede ser porque tendrás un problema de salud, y tengo que hacerte entenderlo para que acabes decidiendo tú mismo no comer mal cada día. Esta pedagogía también hay que trasladarla a las familias, porque algunas no están del todo preparadas para que la persona tome todas las decisiones.
Una de las innovaciones del proyecto son dos nuevas figuras de atención a las personas: la facilitadora y la conectora comunitaria.
¿Cómo lo hacéis?
Una de las innovaciones del proyecto son dos nuevas figuras de atención a las personas: la facilitadora y la conectora comunitaria. A partir del vínculo, de las conversaciones y de la observación del día a día con los profesionales de atención directa, detectamos los intereses, las necesidades y los deseos de cada persona.
No hablo de «me gustaría viajar a Punta Cana», porque eso a mí también me gustaría y no es viable. Hablo de cosas como «me gustaría ir a tomar un café por mi cuenta». Se trata de una persona con grandes necesidades de apoyo que nunca ha ido sola a tomar un café a un bar, pero es un deseo que tiene. Pues la acompañamos para que sea posible.
Los profesionales han dejado de hacer un trabajo puramente asistencial y ahora acompañan a las personas para que tomen mejores decisiones.

Entonces, ¿qué papel tienen los profesionales y qué ha cambiado en su manera de trabajar?
Los profesionales han dejado de realizar un trabajo puramente asistencial y ahora acompañan a las personas para que tomen mejores decisiones. Por ejemplo, en la consulta médica, quien tiene que expresarse es el usuario, no la persona que lo acompaña. En el autobús, es la persona con discapacidad quien tiene que pulsar el botón y ser consciente de que se baja en la próxima parada. Puede parecer insignificante, pero para ellos tiene mucho significado. El profesional está ahí, pero no para suplantarlos en lo que pueden hacer.
¿Os habéis encontrado con miedos o resistencias iniciales por parte de la comunidad o las familias?
Las familias, por el cariño que siente hacia su familiar, quieren que gane autonomía, pero a la vez tienen miedo de que le pase algo. El vecindario se pregunta quién vendrá a vivir al bloque: «A ver si alguien será agresivo o hará algo que no debe». Pero, cuando te presentas en la primera reunión de vecinos con las personas que van a vivir allí, la gente cambia. Y, a medida que compartimos momentos, la cosa cambia. Hay personas con discapacidad que cumplen las normas de convivencia mucho mejor que muchas personas sin discapacidad. Hemos dado la vuelta a la tortilla a base de estar ahí. Cuando estás ahí, la gente pierde el estigma por el camino.
¿Cómo trabajáis la relación con el barrio, los comercios, las actividades culturales, el ocio y las redes vecinales?
Intentamos hacer las compras en los comercios del barrio, a los que podemos ir andando. Si compramos el pan siempre en la misma panadería, establecemos una relación de confianza con la dependienta, y quizá el día de mañana una persona pueda ir sola.
No queremos que se nos trate de manera paternalista, queremos ser un ciudadano más.
A veces sí encontramos a veces son actitudes paternalistas: «Atiendo primero al chico o a la chica de Ilersis porque es una persona con discapacidad». No, puede esperar para comprar el pan como cualquier otro ciudadano. No queremos que se nos trate de manera paternalista; queremos ser un ciudadano más. Queremos que la relación sea natural, de convivencia saludable.
Después de estos años de experiencia, ¿las personas que viven en las viviendas de Casa Meva son más felices?
Sí, todo el mundo coincide en que su calidad de vida ha mejorado. Durante el proyecto piloto estatal, el INICO, el Instituto Universitario de Integración en la Comunidad de la Universidad de Salamanca, que investiga sobre la discapacidad, comparó a personas del proyecto con personas que no participaban en él. En el 90 % de los casos se observaron cambios positivos: mayor participación en las tareas domésticas, el ocio y las compras, mayor capacidad para tomar decisiones y muchos menos problemas de conducta.
En definitiva, el modelo centrado en la persona y más comunitario mejora la calidad de vida.
¿Es un modelo económicamente sostenible?
Una plaza en Casa Meva puede ser algo más cara, pero indirectamente ahorra más recursos de los que gasta. Si te ayudan a adquirir buenos hábitos y a integrarte en la comunidad, tendrás mejor salud física y mental, lo que significa un menor uso de recursos públicos. Por ejemplo, si disminuyen los trastornos de conducta, se ahorra dinero en el sistema de salud. Todo está relacionado.
¿Qué debería cambiar en las políticas públicas para que Casa Meva deje de ser un modelo excepcional?
El proyecto debería incorporarse a la cartera de servicios sociales, y las personas deberían poder elegir el model de vida que desean. Tenemos que pasar de un sistema centrado en el servicio a un sistema centrado en las personas: son los apoyos los que deben adaptarse a cada persona, y no al revés. La reforma de la Ley de la Discapacidad y Dependencia va en esta dirección, pero la burocracia debería acompañar más. Esperamos que la Administración consolide el servicio y que muchas otras entidades se sumen al modelo.


