Jaume Belló: «En La Màxima, los espectáculos no los decide el mercado sino los artistas»

Jaume Belló, director del grup de teatre inclusiu La Màxima

Entrevistamos el director de la compañía de teatro inclusivo La Màxima, que nos explica la evolución del proyecto y el papel de la red IIAN, la red internacional de artes escénicas inclusivas de la cual es vicepresidente.

¿Què és La Màxima, hoy?

Ahora mismo, yo diría que La Màxima es una compañía con voluntad profesional o profesionalizadora dentro del Servicio Ocupacional de la Fundación Ilersis. Se podría entender como un servicio ocupacional más, pero con una singularidad muy clara: todas las horas de trabajo están dedicadas a la creación de espectáculos de artes escénicas.

Es la primera vez —al menos yo no tengo constancia otros casos— que existe un servicio ocupacional de artes escénicas. Esto hace que todavía estemos definiendo muchas cosas: qué pasos tendremos que hacer, cuál será el futuro del proyecto… Incluso puede ser que de aquí a quince días esta definición ya sea diferente. Es un proyecto vivo, en construcción constante.

¿Cuándo deja de ser una actividad y empieza a pensarse como si fuera una compañía?

Este paso se dio de manera muy natural. La Màxima comenzó siendo una actividad que se realizaba dentro del centro, pero pronto surgió la voluntad de salir y llegar a la comunidad. Con el tiempo, el proyecto fue encontrando su lugar dentro del teatro familiar o del teatro dirigido a todos los públicos, por lo que el paso lógico era devolver este producto cultural a la comunidad.

Si la compañía se nutre de la comunidad, es coherente que lo que cree vuelva a ella. Este proceso ha sido fundamental para consolidar el proyecto.

¿Qué ha contribuido más a la consolidación de La Màxima?

Creo que hay varios factores. En primer lugar, está el contexto social: es un buen momento para hablar de inclusión y accesibilidad. Se habla mucho del tema y se están haciendo esfuerzos reales.

En segundo lugar, está la apertura de miras de la propia Fundación Ilersis, que ha entendido que la cultura también puede ser un producto de la entidad, y no solo un complemento. Y, por último, la voluntad y la capacidad de los propios artistas, que han encontrado su camino y tienen mucho que contar.

¿Qué impacto ha tenido La Màxima dentro de la Fundación Ilersis?

Es difícil valorarlo porque se vive con mucha naturalidad, pero creo que el impacto es grande. La compañía recibe constantemente la ayuda y la colaboración del resto de servicios de la Fundación. El vestuario se confecciona con la ayuda del grupo de costura y, cuando necesitamos objetos o escenografía, el equipo de carpintería nos construye cajas, estructuras y materiales.

Existe una relación muy simbiótica y esto hace que, poco a poco, las artes escénicas se vayan integrando en el servicio ocupacional como un trabajo real.

¿Cuánta gente hay detrás de La Màxima?

El grupo estable que trabaja a diario está compuesto por 12 personas. Sin embargo, si tenemos en cuenta a todas las personas que intervienen en una producción, fácilmente podemos hablar de 20 o 25 personas, e incluso de unas 80 en algunos proyectos concretos.

¿Podrías poner un ejemplo de este trabajo colectivo?

Un ejemplo muy claro es La Sirena del Segre. La construcción de la cola de la sirena comenzó hace cuatro años y en ella participaron todos los grupos: dibujando y recortando escamas, construyendo el cuerpo del títere y elaborando materiales. Después, el grupo estable de La Màxima se encargó de la manipulación.

Se trata de un títere de gran formato que requiere la participación de cuatro personas, lo que implica una gran coordinación y trabajo de movimiento personal para después trasladarlo al títere. En total, han participado unas 80 personas en este proyecto.

¿Cómo nacen las obras de La Màxima?

Las ideas pueden surgir de la provocación dentro del grupo o de una inquietud compartida. La Sirena del Segre, por ejemplo, surgió del deseo de hacer La Sirenita, pero nos dimos cuenta de que no tenía sentido reproducir el relato de Disney.

El reto fue encontrar una razón lógica para que una sirena saliera del mar que no tuviera que ver con el amor. Casi dos años tardamos en llegar a la conclusión de que la sirena sale porque el mar está tan contaminado que se está muriendo.

A partir de ahí, empezamos a construir todo el discurso: qué dice la sirena, a quién se dirige, qué denuncia, qué pasa con la contaminación… Todo esto lo hemos trabajado en estrecha relación con la concienciación ambiental y los objetivos de desarrollo sostenible. En total, hemos tardado cuatro años en construir un títere y un discurso coherente. Todo se hace muy despacio.

La Máxima forma parte de la red IIAN. ¿Qué es y por qué es importante?

IIAN forma parte de Assitej, la Asociación Internacional de Teatro para Niños y Jóvenes, creada en 1965. Actualmente, Assitej está presente en unos 90 países, y dentro de esta estructura se han creado varias redes de trabajo. IIAN es la primera red internacional de teatro inclusivo. Su objetivo es poner en contacto a artistas de todo el mundo para que compartan experiencias, recursos y metodologías con los que crear espectáculos accesibles y promover la presencia de artistas con discapacidad en los escenarios.

¿Cuál es tu rol en la red IIAN?

Desde hace más de un año, soy vicepresidente de la red IIAN. Se trata de una red internacional muy diversa, con presencia de países como Nigeria, Italia, Chipre, Pakistán, Noruega, Dinamarca, el Reino Unido y Luxemburgo, entre otros.

La realidad de cada país es muy diferente. En muchos casos, se trata de personas que trabajan en festivales o en la gestión de la cultura y las artes escénicas en sus territorios. En mi caso, vengo de gestionar una compañía integrada únicamente por personas con discapacidad intelectual dentro de un servicio ocupacional. Este modelo no es muy habitual a escala internacional, por lo que resulta especialmente sorprendente.

¿Qué es lo que más les sorprende de vuestro modelo?

Sobre todo, la autodeterminación. El hecho de que las personas con discapacidad intelectual puedan decidir qué espectáculo quieren hacer. No es el director quien decide qué se tiene que construir. Nuestro papel consiste en provocar, generar inquietud, hacer que hablen, celebrar asambleas, preguntar si están de acuerdo o no, etc.

Esto sorprende mucho, sobre todo en otros contextos, donde lo más habitual es que una compañía tenga una idea, busque financiación para llevarla a cabo y, después, busque actuaciones. En nuestro caso, como tenemos el respaldo de la Fundación Ilersis, podemos llevar a cabo proyectos que no solo tienen que ver con la creación de un espectáculo, sino también con todo un trabajo pedagógico, de acompañamiento y de educación en valores.

Cada proyecto implica hablar de historia y de geografía. También implica hablar de por qué pasan las cosas. Siempre está muy vinculado a temas como la discriminación, la cultura de la paz y los derechos humanos. Esto hace que tengamos que investigar mucho más allá de la escena.

¿Qué habéis aprendido del contacto con otros países?

Expliqué el proyecto de La Màxima por primera vez en un streaming en un festival de Nigeria. Allí, una de las preguntas que más me hacían era si las personas con discapacidad acababan haciendo de árbol. Yo respondía que en nuestra compañía todas las personas tienen discapacidad. Y, si en algún momento hacen de árbol, esa escena es la más importante.

Aquí trabajamos para que, en función de las habilidades de cada artista, lo que cada uno ha decidido hacer —ya sea una acción de tres segundos o de tres minutos— tenga recorrido e importancia dentro de la obra. No hay presencias decorativas. Todas las apariciones en escena tienen sentido y dignidad.

Esto sorprende mucho en algunos países, probablemente porque la situación de las personas con discapacidad es similar a la que podíamos tener aquí hace cuarenta o cincuenta años. En cambio, en países como Dinamarca o el Reino Unido no sorprende, porque hace mucho más tiempo que hay actores y actrices con discapacidad en los escenarios convencionales. Allí ya son referentes y ya no se pregunta si hacen de árbol, porque se entiende que, sea cual sea el papel, el trabajo de cada artista tiene la dignidad que le corresponde en el momento en que está en escena.

¿Cómo aseguráis que todo el mundo pueda participar y sentirse protagonista?

Esta es la filosofía primera y primigenia de La Màxima. Todo el que quiera participar tiene derecho a hacerlo. Quizás no en todos los espectáculos, pero siempre buscamos la manera de hacerlo posible.

Un ejemplo es Un cuento atrás. La idea inicial surgió porque uno de los artistas dijo que quería hacer un espectáculo sobre la guerra de Ucrania. A partir de ahí, lo pusimos en asamblea y decidimos que, en lugar de centrarnos en una guerra concreta, hablaríamos de la guerra en general. Y entonces preguntamos: «¿Qué papel os gustaría interpretar en esta historia?».

¿Cómo conseguís darle forma a la obra?

Trabajamos mucho a través de la improvisación. Son muy buenos improvisando, pero al día siguiente les cuesta un poco recordar lo que hicieron. Aun así, poco a poco, cada uno va decidiendo su personaje. Hay personajes que, de entrada, cuesta mucho imaginar dentro de la historia. Recuerdo a una compañera que dijo: «Yo quiero hacer de cartera». Al principio no encajaba una cartera en un relato sobre unos niños en una escuela donde estalla una guerra, pero le encontramos el sentido. ¿Por qué tiene que salir una cartera? ¿Qué viene a hacer? ¿Lleva una carta? ¿A quién la lleva? A través de preguntas, vamos construyendo las escenas. Y como las escenas las han construido ellos y ellas, después las pueden defender con mucha tranquilidad.

¿Cuál es la línea que separa al actor del personaje?

El concepto de abstracción entre actor y personaje es una dificultad importante. El hecho de entender que están interpretando un personaje, pero que ellos son actores y actrices, y que lo que hay encima del escenario no son ellos como personas. Esto cuesta mucho. Pero, a la vez, tiene un valor añadido muy grande: no están intentando «hacer» un personaje, todo lo que sucede en escena es real. Lo que hacen en ese momento es siempre verdad. Y esto es maravilloso.

¿Cómo reacciona el público ante el teatro inclusivo?

Nuestro público habitual, gracias al programa municipal Educació a l’abast, ha sido sobre todo la primera infancia. Y esto es muy interesante porque los niños pequeños no tienen una mirada discapacitante. Ven un gallo, ven un gato, ven lo que pasa en escena, pero no ven a la persona ni a su dificultad.

Cuando llevas esta experiencia fuera del ámbito infantil y la acercas a la población en general, suceden cosas muy significativas. En un espectáculo de recitación poética, por ejemplo, mucha gente se sorprende de que los artistas de La Màxima puedan recitar poesía o hacer un espectáculo visual acompañado de recitación poética. Esto hace que muchas personas cambien de opinión. Al final, un artista es un artista. Si conectas, da igual la razón, la dificultad no importa.

¿Qué retos y proyectos de futuro tienes para La Màxima?

Uno de los objetivos claros es formar parte de una propuesta de servicio ocupacional, crear la metodología para que pueda llevarse a cabo y, después, poder explicarla, compartirla y replicarla en otras entidades. El objetivo es que otras entidades entiendan que las artes escénicas son muy transversales y que en un servicio ocupacional se pueden generar muchos oficios diferentes, ya que en el teatro hay multitud de posibilidades. Pero, para mí, el reto más importante tiene que ver con el contexto político y social actual.

¿En qué sentido?

Me preocupa mucho la involución social que estamos viviendo, hacia dónde se dirigen las políticas internacionales y qué puntos de vista se están imponiendo cuando afectan a colectivos que han tenido que luchar mucho para conseguir derechos. Ahora estamos trabajando en una propuesta muy impactante que nos genera mucho movimiento interno: crear un espectáculo sobre el exterminio de personas con discapacidad durante el Holocausto nazi. Con el aumento de la extrema derecha, tengo la sensación de que estamos yendo hacia allí. Ahora hay mucha sensibilización, pero me da miedo que los derechos conseguidos tras mucha lucha puedan desaparecer en pocos años con una sola ley.

¿Qué papel juega la red IIAN en este momento y de cara al futuro?

Para mí es muy importante poder compartir el proyecto de La Màxima con otras personas de la red IIAN. Es muy bonito cuando te preguntan de dónde eres, qué estás haciendo ahora, etc., porque también se dan cuenta de que es un proyecto que está respaldado por una entidad y que no depende exclusivamente de subvenciones.

Uno de los problemas graves de muchos proyectos de inclusión es que, cuando se acaba el dinero para subvencionarlos, el proyecto se viene abajo. Este no es el caso de La Máxima, ya que los proyectos los realizamos y siempre contamos con el apoyo de la Fundación Ilersis. Y esto, compartido dentro de la red, también es muy valioso.

¿Qué le dirías a alguien que quiere crear un proyecto de teatro inclusivo?

Lo primero que le diría es que, si es de aquí de cerca, venga a conocer La Màxima y el proyecto para verlo de primera mano y que le expliquemos cómo se ha generado.

También le diría que siguiera la red IIAN, ya fuera a través de Instagram o de las redes de Assitej, que preguntara y que compartiera sus inquietudes y proyectos. Hay mucha gente en todo el mundo trabajando para que esto sea posible. Nadie está solo.

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